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Un hombre íntegro y valiente




Conocí a Mario Vargas Llosa hace más de cincuenta años en Arequipa, en mis primeros ciclos universitarios a principios de los setenta en un pequeño teatro llamado Aquelarre, donde dictó una conferencia sobre su libro García Márquez: Historia de un deicidio.


A mi hermano Jorge y a mí, nos llevó mi padre, quien trabajaba con Jorge Cornejo Polar en la Universidad de San Agustín, entidad que organizó el evento. Era un excelente expositor que resumió con brillantez esa monumental obra crítica, quizá la mejor que se ha escrito sobre el escritor colombiano.


Al terminar, nuestro progenitor nos presentó a Mario, quien nos trató con cordialidad, sencillez y cercanía. Sin embargo, sólo atinamos a saludarlo y fuimos reprendidos luego por no haberle comentado nada sobre sus novelas, que a esas alturas ya habíamos leído. Nos faltó un poco de mundo para hacerlo. De repente hubiera ayudado que nos lo sugirieran con antelación. Después lo vi casualmente en algún restaurante en sus esporádicas visitas a Arequipa y siempre fue cordial y cercano.


Siempre he admirado su fidelidad a si mismo al apostar ser escritor con todos los riesgos que implicaba y su honestidad intelectual de decir lo que piensa, pero no entendí, hasta bastante después, su alejamiento de sus ideales juveniles, atribuyéndolo al proceso de auto justificación que vivimos casi todos los seres humanos.


Tuvieron que pasar muchos años y leer muchas de las entrevistas que se le han hecho —en especial la del brasileño Ricardo Setti— para que me percatara de que fue más bien su experiencia vital, la de conocer personalmente la Unión Soviética, su cercanía con el caso Padilla, la invasión de Checoslovaquia, etc., las que lo llevaron a convencerse de las ventajas de las sociedades abiertas frente a la tristeza de vivir en las totalitarias.


Desde La ciudad y los perros, que me gustó tanto, he seguido leyendo todas y cada una de sus obras y he sido testigo de cómo escribía cada vez mejor. Se me escapó, por un descuido, ¿Quién mató a Palomino Molero?, que leí algunos años después. Considero que su obra mayor es La guerra del fin del mundo, una novela total, para usar su propio lenguaje, que es más ambiciosa que La conversación en La Catedral, otro de sus grandes logros.


En Las guerras de este mundo, un evento que organizó la Pontificia Universidad Católica (PUCP) para rendirle homenaje hace varios años, donde me firmó casi todos los ejemplares que tengo de sus obras, me atreví a preguntarle ¿Cuál de las dos prefería él?, pero su respuesta me dejó con los crespos hechos, porque dijo que por la relación que tenía con sus novelas, quizá podría contestarme en una reunión de amigos, pero prefería no hacerlo en público. En esa ocasión, también le pregunté —creo que incomodándolo— sobre Jesús de Nazareth, por las reminiscencias a este personaje que en mí habían tenido ciertas líneas de La guerra del fin del mundo, teniendo en cuenta su público agnosticismo. Aunque al principio recordó la recomendación inglesa de no hablar de religión, terminó aceptando mi lectura.


Recuerdo que algunos años antes, cuando paseábamos en bicicleta por Miraflores, pasamos frente a su casa del Malecón en Barranco y lo vimos sentado en su estudio mirando el mar. Marta, mi actual esposa y en ese entonces enamorada, no se le ocurrió mejor cosa que saludarlo con la mano. De inmediato y con la sencillez que lo caracteriza se paró y sonriendo nos hizo grandes adioses. La última vez que estuve con él personalmente, hace ya algún tiempo, fue en una exposición de las fotos de Irak de su hija Morgana en una galería miraflorina donde me dedicó su libro Diario de Irak. con la afabilidad y simpatía de siempre.


Todas sus obras, unas más que otras, me han gustado, pero todavía sigo creyendo que la que indiqué es la mejor y coincido con Ricardo González Vigil en considerarla una de las mayores novelas del idioma. Sin embargo, la explicación de la Academia Sueca para el Nobel: “cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, sublevación y derrota del individuo”, está más cerca de La fiesta del chivo, aunque es verdad que al final corresponde a toda su obra.


Si bien es cierto que en el gobierno de Toledo se le condecoró y desagravió por las absurdas acusaciones que todavía algunos ciegos mantienen, su cumpleaños ochenta y nueve me permite recordar que Mario nunca dijo nada de Fujimori entre 1990 y el 5 de abril de 1992, cuando se vio obligado moralmente a defender la democracia y a pedir el bloqueo internacional para sostenerla. Quienes se arrimaban entonces al poder, prefirieron atribuirlo a sus supuestas heridas por la derrota electoral, olvidando que ya entonces Vargas Llosa estaba por encima de la Presidencia de la República y que fue candidato sólo porque la coyuntura y las circunstancias lo obligaron. No hemos terminado de agradecerle por su valiente actuación, que no calculó las malintencionadas interpretaciones que aprovecharon, además, del uso que dio al tratado de doble nacionalidad que existe con España desde los tiempos en que estaba prohibido tener más de una.    


Aparte de su infatigable defensa del Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, tan injustamente vituperado y que leyó integralmente, como muy pocos, otro favor que le debemos antes del Premio Nobel y quizá uno de los motivos por los que la Academia Sueca se decidió, finalmente, a dárselo, fue su renuncia a la Presidencia de la Comisión del Lugar de la Memoria —lamentable por lo demás— que obligó a la derogación del Decreto Legislativo 1097, con que se quería contrabandear otra vez la impunidad.


Quiero terminar con tres frases de las que se publicaron cuando se le dio el premio con las que coincido. La primera de Le Monde que dice que el premio se otorgó “a un hombre involucrado con su tiempo”, la segunda del mexicano Juan Villoro quien afirmó que “a estas alturas el Premio honra más al Nóbel que a Vargas Llosa”, y la última, del chileno Alberto Fuguet, porque de alguna manera la sentí al enterarme, “es lo más parecido para mí a que mi equipo gane un Mundial”.

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